En una gran ciudad de la antigua Arabia, el barrio de los
comerciantes estaba lleno de forasteros como sucedía siempre cuando
era día de mercado. Había un forastero muy alto y con ricas vestiduras
que daba vueltas con su camello y en lugar de comprar, observaba
a los muchachos y hacía preguntas sobre ellos.
Le llamó la atención especialmente Aladino, hijo de
una pobre hilandera viuda, que tenía aspecto inteligente y confiado.
Le preguntó si le gustaría entrar a su servicio. La madre estuvo
de acuerdo y el joven se fue con él.
Tras un largo viaje llegaron a un valle, donde estaba
la caverna que buscaba el hombre.
El desconocido ordenó a Aladino: "Entra y baja
por la escalera que lleva a un jardín subterráneo. Busca la lámpara
que olvidé hace mucho tiempo y tráemela".
El joven obedeció, más tranquilo porque su amo le
había dado un anillo encantado que lo protegería de cualquier peligro.
Encontró el jardín y la lámpara, y con su débil luz,
vio que los árboles del jardín tenían frutos y flores hechos con
piedras preciosas. Se llenó los bolsillos y empezó a subir los escalones,
pero, por un encantamiento, cuanto más subía, más crecía la escalera.