Un joven rey era un valiente cazador que
había matado ya todo tipo de bestias salvajes. Buscando nuevas emociones emprendió el
largo camino que llevaba a la montaña de los dragones.Tuvo suerte: tras muchos días
de inútiles búsquedas, oyó el inconfundible estruendo de las alas de un dragón. Era
enorme, con cuerpo de serpiente y alas de murciélago, grandes como velas de un barco.
Preparó rápidamente el arco, lanzó la flecha y lo mató; pero inmediatamente lo
atacó otro dragón más pequeño, la esposa del dragón. Con una flecha certera también
la mató.
Pero, acto seguido, vio salir de una caverna las cabezas de cuatro dragones recién
nacido, no más grandes que una lagartija corriente.
El rey se arrepintió de haberlos dejado sin padres y, para remediarlo, los llevó a
palacio y se encargó personalmente de criarlos y protegerlos.
Los cuatro dragoncitos lo querían mucho y lo obedecían como perritos. Cuando salía,
el rey los llevaba, aunque sembraba el terror entre sus súbditos. Poco a poco los
acostumbró a dejarse poner los aparejos y dejarse cabalgar. Cuando iba de viaje, de caza
o a la guerra, los cuatro dragones eran sus corceles.
Un día la reina madre ordenó a su hijo que buscara esposa y él aceptó, con la
condición de que la princesa consintiera en cabalgar a lomos de un dragón.
Se mandaron cartas a todo el mundo, pero siempre oían la misma respuesta: "Su rey
debe estar loco".
Sólo una, más valiente que las otras, aceptó pasar la prueba y experimento el vuelo
en los lomos del dragón, entre los brazos de su futuro marido.
Se casaron y fueron muy felices.
LUIGI CAPUANA