| Había una vez un hombre al que le gustaba mucho
el juego. El siempre apostaba con la gente del pueblo y siempre les ganaba, por eso
la gente no lo quería y un día acudieron todos ante el sacerdote del lugar para ponerle
la queja. El sacerdote fue a la casa del jugador para pedirle que dejara el juego y
consiguiera un trabajo. El jugador le respondió que lo haría siempre y cuando el
sacerdote le ganara en una partida de naipes. Aunque no
le gusto la idea, el sacerdote aceptó la apuesta con tal de recuperar esa alma perdida.
Sin embargo el sacerdote, que no estaba acostumbrado a las trampas, perdió todo el dinero
que traía consigo y hasta la sotana. Decepcionado y furioso, el sacerdote salió de la
casa de jugador y se dirigió a la iglesia. Allí frente al altar comenzó a rezar y le
pidió a Dios que castigara al jugador.
Dios escuchó la súplica del sacerdote y ordenó a la muerte que
fuera por el jugador. La muerte, con su manto negro y su rostro invisible, bajó a la
tierra y llegó a la casa del jugador. Cuando este le abrió la puerta, la muerte le dijo
que debería irse con ella porque debía rendirle cuentas a Dios.
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