El patito feo

Mamá pata estaba toda dolorida por la larga inmovilidad a que estaba obligada y no veía la hora en que los huevos que estaba incubando se abrieran.

Por fin una cáscara se rompió y sali un precioso patito; se rompió la segunda, la tercera, y la feliz mamá se encontró rodeada de una numerosa nidada de crías vivaces y alegres.

Se levantó con un suspiro de alivio y se dispuso a regresar a la granja, pero vio que un huevo todavía estaba entero, precisamente el más grande de todos.

Una pava (la esposa del pavo) que pasaba por allí vio el extraño huevo y se acercó con curiosidad para verlo mejor.

"Esto no es un huevo de pato", dijo.

"¿Y cómo ha podido venir a parar aquí?"

"Quién sabe, dijo la pava. Tal vez te han querido jugar una broma, pero en todo caso no lo sigas empollando que de ahí no sale nada bueno".

A pesar de aquellas advertencias, la pata no quedo convencida y siguió empollando el huevo. Pero cuando nació el último de los polluelos, la pata se lamentó, al principio, de no seguir el consejo de su amiga. El patito era mucho mayor de lo que debería ser, y no se parecía en nada a sus hermanos. ¡Ni siquiera era blanco!.

Pero la pata ya lo quería como a todos sus otros hijos, incluso más, precisamente porque era un patito feo y sabía que por ello la vida no le sería fácil.

Para el patito feo, los problemas empezaron cuando la madre lo llevó con los otros a la granja: no sólo las gallinas, el gallo, los pavos, sino también los demás patos dieron claras muestras de desprecio y, puesto que la madre parecía decidida a quedarse con aquel monstrico, se le echaron todos encima para expulsarlo. Pero lo peor fue que sus propios hermanos se burlaron de él y le dieron picotazos.