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Un campesino viajó a la ciudad, pero antes de comenzar su camino
le recomendó a su hijo: "Si vienen a comprar las vacas, puedes venderlas, pero no
por menos de 200 monedas de oro". El hijo aceptó la recomendación.
A los pocos días apareció un hombre que preguntó por las vacas.
"Valen 200 monedas de oro", dijo el joven.
"Es un precio justo", dijo el comprador al tiempo que
desataba las vacas y se marchaba.
"Debe pagarme antes", dijo el joven.
"Tienes razón, contestó el comprador. Pero ahora no tengo
dinero, así que te lo traeré mañana".
"¿Y cómo sabré que me pagará?", preguntó el hijo del
campesino.
"Te dejaré una garantía para que veas que soy una persona
seria", dijo el comprador al tiempo que volvía a amarrar la vaca.
Es obvio que el comprador nunca volvió y el muchacho no recibió el
dinero aunque si un buen regaño de su padre cuando se enteró de la noticia. |
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